Ni te reconozco

Le asusta mucho. El estado en el que se sumerge convierte una cita anual, y por otro lado inevitable y necesaria, en un cóctel de nervios, llantos, y estrés. Pero, además, en esta ocasión, los acontecimientos tomaron, para Blanca Luna, un camino torcido.

Todo empezó como habitualmente. Meterla en el transportín siguió un ritual en el que la presa es cazada con susurros, besos y entonaciones para convencerle de que no pasa nada.

El camino, corto en distancia pero eterno en la percepción de todos, iba acompañado de maullidos al viento y reclamaciones para volver a casa. Siempre achacamos su fobia a salir del hogar a su pasado, del que sólo sabemos el final, y siempre me acompaña la sensación de que su miedo se fundamenta en el temor de que, otra vez, le vuelvan a abandonar.

No es el veterinario, es el acto de salir de casa porque, siempre, una vez en la consulta, si la cojo en brazos y le acuno, se le pasa y dedica sus fuerzas, hasta ese momento ocupadas en exteriorizar su histeria, en recorrer la estancia con su único y curioso ojo.

Pero lo que nos esperaba ese día aderezó, mucho más, la escena con dos casualidades con las que se moldeó esta historia.

CASUALIDAD 1

Si ya de por sí estaba histérica, en la puerta de la clínica veterinaria el destino le pegó una patada convirtiéndose en tropiezo de quien la llevaba y el transportín se cayó al suelo, con el pequeño humano encima.

Una tormenta de sentimientos estalló sobre nosotros al impactar la culpa de quien se horrorizó por haber hecho algo a su gata y quien se preguntó cuanto más le podía ocurrir.

Ahora había que calmar a dos y, además, de distinta especie: humana y felina.

Un cóctel de sentimientos al que se unió, nada más abrir la puerta, la empatía de dos perros que lloraron con Blanca Luna su dolor. Al final, la entrada del veterinario acabó convirtiéndose en la casa de los horrores multiespecie.

CASUALIDAD 2

Las consultas que nos precedían estaban siendo muy largas y “para no hacernos esperar mucho” nos pasaron al recinto de las operaciones. Ilusos de nosotros, ignoramos que, si ya de por sí, una clínica veterinaria atufa a feromonas de alarma, miedo, estrés, ansiedad y horror, escasamente percibidos por los humanos pero absolutamente agresivos con los animales ,ese sitio debía apestar a lo peor que le puede pasar a un animal.

En ese momento, Blanca Luna estaba tranquila y sumisa. Le habíamos hablado, besado, acariciado, amado. Su llanto había cesado y, símplemente, se dejaba hacer confiada.

Pero de lo que no fuimos consciente fue de cómo todo lo ocurrido, y el lugar, estaban perfumando su pelaje. Y, por tanto, sin darnos cuenta nos llevamos, de allí, otra gata. Porque, aunque quien se metió en el transportín fue Blanca Luna su olor había cambiado tanto que, para el mundo felino, había mutado.

Nosotros nos marchamos a casa absolutamente ignorantes de a quién nos llevábamos. Por fin había terminado todo, creímos. Prueba superada, pensamos. Pero no. Al llegar a casa, tras su primera estampida para meterse debajo de la cama y sentirse protegida, nos encontramos una sorpresa.

El escenario fue el mismo que en su primer encuentro, el salón. Y es que, de hecho, para Buffy, fue, de nuevo, su primer encuentro con una gata a la que no reconocía. Así que se acercó, le olió y le bufó.

Creo que Blanca Luna no se lo esperaba, porque su único ojo mostró estupefacción y se dedicó a acercarse despacio a su compañera. Oye, que soy yo. Pero nada, Buffy le bufó no una, ni dos, sino hasta tres veces. La última, que yo viera, en la puerta de la cocina.

 

 

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Yo no hice nada, dejé que Blanca Luna volviera a oler a casa de forma natural. Pero no, no debí actuar símplemente viendo los acontecimientos pasar. Bueno, algo hice, le froté con la manta del salón para acelerar el proceso de descontaminación. Pero ahora creo que debía haber hecho más, para hacérselo más llevadero. Os dejo un enlace donde lo explica muy bien: Pincha Aquí.

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